El estrés como respuesta natural
El estrés no es siempre negativo. Es una reacción del cuerpo y la mente ante una situación que percibimos como demandante o desafiante. En pequeñas dosis, puede ayudarnos a mantenernos alerta, concentrados y resolutivos. Por ejemplo, cuando se acerca una fecha límite, el estrés nos impulsa a terminar una tarea. Eso se conoce como estrés agudo: aparece, cumple su función y desaparece.
Cuando el estrés se vuelve parte del paisaje
El problema comienza cuando esa activación no se apaga. En lugar de relajarnos tras resolver el problema, entramos en un estado de tensión constante. Así es como nace el estrés crónico: un nivel de activación mantenido en el tiempo, que no da respiro al cuerpo ni a la mente.
Muchas personas viven así sin saberlo. Se levantan cansadas, llegan a la noche agotadas, no descansan bien, pero siguen adelante porque “la vida es así”. El estrés crónico se camufla detrás del ritmo acelerado, las responsabilidades acumuladas y la presión autoimpuesta. No se nota de golpe, se instala lentamente… hasta que pasa factura.
¿Por qué no lo detectamos?
Una de las razones principales es la normalización del malestar. Si todos alrededor viven estresados, se vuelve común sentirse así. Además, en una cultura que valora la productividad por encima del bienestar, admitir que uno está saturado puede verse como debilidad. Por eso, muchos siguen funcionando… aunque estén en modo supervivencia.
El cuerpo habla, aunque no lo escuchemos
Uno de los principales indicadores de que estamos viviendo bajo estrés crónico es que el cuerpo empieza a “gritar” lo que la mente no quiere ver. Al estar activado constantemente el sistema de alerta, el organismo no tiene tiempo para descansar ni para repararse. Esto se traduce en síntomas físicos que suelen ser ignorados o malinterpretados.
Algunos de los más frecuentes son:
Dolor de cabeza o migrañas recurrentes.
Problemas digestivos (como acidez, diarrea o estreñimiento).
Dolores musculares, especialmente en cuello, hombros y espalda.
Insomnio o despertares frecuentes durante la noche.
Fatiga persistente, incluso después de haber dormido.
Estos síntomas no aparecen de la nada. Son una señal de que el cuerpo está funcionando bajo presión constante y no está recuperando energía como debería.
El agotamiento emocional y mental
Además de lo físico, el estrés crónico impacta directamente en las emociones y la mente. Es habitual experimentar:
Irritabilidad o reacciones desproporcionadas.
Dificultad para concentrarse o tomar decisiones.
Sensación de estar desbordado por cualquier pequeño contratiempo.
Pérdida de motivación, incluso en cosas que antes se disfrutaban.
Sensación constante de que “no se llega a todo”.
Este conjunto de síntomas no es casual. Indica que el sistema está saturado. Pero como la persona sigue “funcionando” en lo laboral o familiar, muchas veces lo minimiza o lo justifica como “algo pasajero”.
La trampa de la productividad constante
Vivimos en una sociedad donde el cansancio se ha vuelto un símbolo de compromiso, y la saturación, casi una medalla de honor. Se ha normalizado tanto el “estar ocupado” que muchas personas no se permiten descansar. Piensan que si no están haciendo algo útil, están perdiendo el tiempo. Este mensaje, repetido desde la infancia o reforzado en el entorno laboral, alimenta el modo supervivencia: un estado de hiperactividad en el que el descanso es visto como un lujo, no una necesidad.
La consecuencia es clara: aunque el cuerpo y la mente piden frenar, la persona sigue adelante. A veces por miedo, otras por costumbre. Pero siempre con el mismo resultado: desgaste.
Autoexigencia emocional: nunca es suficiente
Otro factor que perpetúa el estrés crónico es la autoexigencia interna. Muchas personas sienten que deben demostrar constantemente su valor: ser buenos trabajadores, padres ejemplares, estar disponibles, rendir al máximo… Esta presión no viene de fuera, sino de dentro.
El diálogo interno suele estar lleno de frases como:
“No puedo fallar”.
“Tengo que poder con todo”.
“Si descanso, soy débil o irresponsable”.
Este tipo de creencias mantiene el sistema nervioso en alerta permanente, dificultando la desconexión incluso en momentos de descanso.
Falta de conciencia emocional
Finalmente, una de las razones por las que muchas personas permanecen atrapadas en el estrés crónico es que no saben cómo se sienten realmente. Están tan centradas en hacer, cumplir y resolver, que no se detienen a registrar sus emociones. Esto impide detectar a tiempo el impacto del estrés y tomar medidas antes de que el cuerpo colapse.
Reconocer que algo no está bien
El primer paso para salir del modo supervivencia es reconocer que no es normal vivir con ansiedad, cansancio extremo o insatisfacción permanente. Muchas personas creen que su malestar es parte inevitable de la vida adulta, pero no lo es. Cuanto antes se identifique que el estrés ha dejado de ser puntual y se ha vuelto crónico, más posibilidades hay de revertirlo.
Tomarse unos minutos al día para preguntarse “¿Cómo me siento realmente?” es un ejercicio simple pero poderoso. Registrar señales físicas, pensamientos repetitivos o emociones intensas ayuda a tomar conciencia del estado interno.
Hacer pausas reales (no solo físicas)
Romper el estrés crónico no significa hacer un viaje de una semana y volver al mismo ritmo de siempre. Lo esencial es introducir micro pausas de calidad en el día a día. Respirar profundamente durante dos minutos, caminar sin el móvil, almorzar sin pantallas o incluso detenerse unos segundos entre una tarea y otra pueden marcar una gran diferencia.
La clave está en desacelerar la mente, no solo el cuerpo.
Aprender a poner límites
Muchas personas viven estresadas porque dicen “sí” cuando quieren decir “no”. Aprender a poner límites sanos —en el trabajo, en la familia, incluso con uno mismo— es un paso fundamental para dejar de vivir en modo automático. Decir “no puedo” o “necesito descansar” no es egoísmo, es autocuidado.
Buscar apoyo
Respirar profundamente, practicar mindfulness o aplicar técnicas de relajación muscular progresiva ayuda a reducir la activación del sistema nervioso. Son herramientas sencillas pero muy poderosas cuando se incorporan como hábito.
También es útil llevar un diario emocional para identificar patrones: qué situaciones activan la ansiedad, qué pensamientos aparecen, cómo responde el cuerpo. Esto facilita tomar conciencia y aplicar estrategias a tiempo.
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soy Teresa Calvo
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