Conductas de riesgo en la adolescencia: qué significan realmente y cómo intervenir sin romper la relación

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Teresa Calvo

Psicóloga Colegiada nº: CM02885

Cuando hablamos de adolescencia, es habitual que aparezcan preocupaciones relacionadas con el consumo de alcohol o drogas, desafíos constantes a la autoridad, conductas impulsivas o decisiones que parecen peligrosas. Desde fuera, todo esto puede interpretarse como irresponsabilidad, mala educación o simple rebeldía.

Sin embargo, en psicología sabemos que ninguna conducta surge porque sí. Detrás de cada comportamiento hay una emoción, una necesidad o un conflicto que el adolescente no sabe expresar de otra manera.

La conducta es el síntoma. El mensaje está debajo.Comprender esto cambia por completo la forma de intervenir.

El cerebro adolescente: intensidad emocional y control en construcción

La adolescencia es una etapa de transformación profunda, no solo física, sino también cerebral. Las áreas relacionadas con las emociones y la búsqueda de sensaciones nuevas se activan con fuerza, mientras que las zonas encargadas de anticipar consecuencias y regular impulsos aún están madurando.

Esto explica por qué muchos adolescentes:

  • Buscan experiencias intensas.
  • Actúan sin pensar en riesgos a largo plazo.
  • Se dejan influir fácilmente por el grupo.
  • Tienen reacciones emocionales desproporcionadas.

No se trata de falta de inteligencia. Se trata de un cerebro en proceso de reorganización.

Cuando a esta etapa natural se le suman inseguridades, presión social o conflictos familiares, las conductas de riesgo pueden intensificarse.

Pertenecer: una necesidad más fuerte de lo que parece

Durante la adolescencia, el grupo de iguales ocupa un lugar central. Sentirse aceptado no es un capricho: es una necesidad emocional profunda.

El miedo a quedarse fuera puede ser más fuerte que el miedo al castigo.

Muchos adolescentes prueban sustancias, asumen retos peligrosos o desafían normas simplemente para no perder su lugar dentro del grupo. El rechazo social activa en el cerebro zonas asociadas al dolor. Para ellos, no encajar duele de verdad.

Por eso, cuando un adolescente adopta una conducta de riesgo, es importante preguntarse:
¿Está intentando impresionar?
¿Tiene miedo a ser excluido?
¿Busca validación?

A menudo, lo que parece valentía es inseguridad disfrazada.

Rebeldía: el intento de construir una identidad propia

La confrontación con los adultos forma parte del proceso de crecimiento. El adolescente necesita diferenciarse, cuestionar lo establecido y definir quién quiere ser.

Discutir, llevar la contraria o romper ciertas normas puede ser una forma de afirmar independencia.

El problema aparece cuando esa necesidad de autonomía solo encuentra choque y no diálogo. Si cada desacuerdo termina en lucha de poder, el adolescente puede intensificar su conducta para demostrar que no está bajo control.

En muchos casos, la rebeldía no es odio hacia los padres. Es una declaración interna de identidad.

Consumo y riesgo como vía de escape emocional

No todos los adolescentes consumen por presión social. Algunos lo hacen porque descubren que ciertas sustancias reducen temporalmente su malestar.

Ansiedad, tristeza, sensación de vacío, baja autoestima o conflictos internos pueden empujar a buscar alivio rápido.

Si no han aprendido a identificar y regular lo que sienten, recurrirán a lo que esté más accesible.

El consumo puede convertirse en:

  • Una forma de anestesiar emociones.
  • Un intento de encajar.
  • Una vía para sentirse más seguros.
  • Una manera de desconectar del dolor.

En lugar de centrarnos únicamente en la sustancia, es fundamental explorar la emoción que intenta silenciarse.

Cuando la conducta deja de ser exploración y se convierte en alerta

La experimentación puntual puede formar parte del desarrollo. Pero hay señales que indican que estamos ante algo más preocupante:

  • Cambios drásticos de humor sostenidos en el tiempo.
  • Aislamiento excesivo.
  • Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.
  • Descenso notable en el rendimiento académico.
  • Mentiras frecuentes y actitud extremadamente defensiva.
  • Alteraciones importantes en el sueño o el apetito.

La clave está en observar la frecuencia y la intensidad. No es lo mismo un episodio aislado que un patrón repetido.

Cuando la conducta se vuelve habitual y afecta distintas áreas de su vida, es momento de actuar.

El error de reaccionar solo con castigo

Ante el miedo, muchos adultos responden con control excesivo, gritos o prohibiciones radicales. Aunque estas medidas pueden frenar la conducta de forma inmediata, no resuelven la raíz del problema.

El castigo sin conversación genera distancia.
Y cuando el vínculo se debilita, aumenta el riesgo.

La autoridad firme no está reñida con la cercanía emocional. De hecho, los adolescentes necesitan ambas cosas.

Límites claros y vínculo fuerte: la combinación que protege

Los adolescentes necesitan saber que existen normas y que estas se cumplen. Los límites transmiten seguridad. Pero la manera en que se comunican marca la diferencia.

Un límite sano:

  • Es coherente.
  • Se explica con calma.
  • No humilla ni ridiculiza.
  • Se mantiene en el tiempo.

Frases como:
“Entiendo que quieras hacerlo, pero en esta casa hay reglas y se respetan”
transmiten firmeza sin desprecio.

Al mismo tiempo, es esencial generar espacios donde el adolescente pueda hablar sin sentirse juzgado.

Transformar el conflicto en oportunidad

Detrás de muchas conductas de riesgo hay preguntas silenciosas:

¿Soy suficiente?
¿Importo de verdad?
¿Puedo equivocarme sin perder el cariño de mis padres?

Cuando el adulto logra escuchar antes de atacar, se abre una puerta.

En lugar de empezar con acusaciones, es más útil preguntar:

  • “¿Qué estabas sintiendo cuando ocurrió?”
  • “¿Qué buscabas en ese momento?”
  • “¿Cómo podemos hacerlo diferente la próxima vez?”

No siempre habrá respuestas inmediatas, pero el mensaje que se transmite es claro: “Estoy contigo, incluso cuando te equivocas”.

Factores que reducen el riesgo

Existen elementos que funcionan como protección emocional:

  • Tener al menos un adulto disponible y accesible.
  • Sentirse valorado más allá de los logros académicos.
  • Participar en actividades que refuercen habilidades y confianza.
  • Poder expresar emociones sin burla ni minimización.
  • Saber que hay consecuencias, pero también apoyo.

El adolescente no necesita padres perfectos. Necesita adultos presentes, coherentes y emocionalmente estables.

Ver la necesidad, no solo el problema

Cuando miramos únicamente la conducta, reaccionamos desde el miedo.
Cuando entendemos la necesidad que hay detrás, intervenimos desde la conciencia.

La adolescencia es una etapa de prueba, error y aprendizaje. Las conductas de riesgo no siempre son un fracaso educativo. Muchas veces son señales de que el adolescente está intentando resolver algo que todavía no sabe nombrar.

Acompañar con firmeza y empatía no elimina todos los conflictos, pero sí reduce la probabilidad de que una etapa complicada se convierta en una herida duradera.

La clave no está en controlar cada movimiento, sino en mantener el vínculo incluso cuando aparecen las tormentas.

Hola,
soy Teresa Calvo

Estoy aquí para ayudarte a superar tus problemas emocionales. Pide una cita conmigo ahora y comencemos el viaje juntos.

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